lunes

Estoy hecho de todo lo que has olvidado



Estoy hecho de todo lo que has olvidado

El pincel azul.
El cajón abierto.

¿A dónde va la ropa sucia
cuando no la encuentro?

Todo me pierde:

las llaves,
el teléfono,
el sueño.

Arrastro el bulto
de la sala a la cocina.

De la cocina al cuarto.

¿En dónde se esconden
los calcetines deshermanados?

¿Bajo la cama?
¿En el arenero?

Deshecho.


Extraño

 A ciegas me deslizo hacia ti,

animal extraño,
entre cuervo y gato.

Llevo barro en las plumas.
No vuelo, me arrastro.

Sangre viscosa en las patas.
Resbalo.

Quisiera arrancarme los ojos
para ya no sentir
el peso de tu muslo.


sábado

Gatocuervo

No volveré a mirar
tus ojeras crecer bajo la lluvia,
ni las hojas de octubre
morir en tus hombros delgados,
el gato negro
velar tras el vidrio
con plumas entre los dientes.

No volverás a ver
la geografía de mis manos
atravesar tu vientre,
ni el cuervo sumando piedras
en el hueco de mi boca.

Ya no veremos la nieve deshacerse
contra nuestra ventana.

Las garras
desangran el plumaje.

No rozaremos nuestras sienes
ni dormiremos bajo las negras alas.

En la ventana
solo queda el gatocuervo.

Se lame las alas.


Perro


Hoy amanecí perdido.

Animal callejero.

Herida abierta.

Con las patas quemadas,
camino entre los autos
y la gente.

Duermo entre los perros.
Todos huelen a olvido y leche agria.

Famélico,
atrapo un pájaro herido,
lo desangro entre los dientes.

Sin nombre,
nadie me reclama.


Extraños


No leeremos poesía
sentados a la mesa.
No será tu apellido
el que acompañe al mío,
ni tu homro sosteniendo mi cabeza.

No será en esta vida
que nos cubra el aburrimiento
una tarde de domingo.

Somos extraños:

tú en tu cuna blanca,
yo entre barrotes.

Tu agua se vuelve negra
cuando te enojas.

No buscas un hogar.
Buscas una cueva mojada.

viernes

Lengua de señas

 Los niños están afuera,

en el pasto, descalzos.

Ríen en el patio.
Busco tu risa entre ellos.

Pero el sonido
no atraviesa mi cuerpo.

Sordo, aprendí tu nombre
en lengua de señas,
para pronunciarlo en silencio
con las manos,
en el desayuno
y a la hora de la cena.

Es ajeno a mi boca.
Mi piel lo reconoce.


Vetas

 Desconozco el roce de mi piel

contra el cemento.

Mis manos tropiezan al buscarte,
entre las grietas del muro,
entre las vetas de la calle.

Mi cuerpo te busca a tientas
en el cuarto oscuro.
Busco el interruptor
en la pared equivocada,

en la negrura,
ciego.

jueves

Mi piel se equivoca


Mi piel se equivoca.

Tropieza en tus grietas,

en tus paredes enmohecidas,

manchadas de humo y manos.

Reconozco tu aroma

en un torso moteado,

en la geografía de un muslo rosado,

en la fogata enmudecida.

Pero no es tu piel.

Ni tu boca.

Es la veta en el muro,

la grieta en tu boca,

el diente torcido,

el lunar en el cuello.

Mi piel se equivoca.

Obsesión


Mis atardeceres están famélicos de ti.

Tu aliento matutino
inunda mis patios.
Tu hueso me asfixia.

La madrugada suda,
rechina los dientes.
La respiración
se interrumpe en mi cuello.

Yo te quedo
y tú me quedas.

Nos quedamos dormidos,
casi muertos,

como animales extraños
en la misma grieta.

Mis atardeceres
están famélicos de ti
de tu sal,
de tu tierra.

Enredaderas

Arranca el silencio de mi boca.

De mi piel, tus enredaderas,

los brotes de hierba mala.



Duerme a mi lado,

en la tierra fértil,

descalza.



Arranca de mis ojos la luna de cobre.



Llevo en el hueco de mi mano

tus labios mojados.



Arráncate de mí,

de mi piel 

tus atardeceres de cobre.


lunes

La casa azul

 A la orilla del camino empedrado hay una casa de puerta azul y picaporte nuevo de cobre pulido. La luz del verano acaricia su fachada. A la ventana se asoma, una gata negra de pelaje corto, patas blancas y ojos verdes.

En el patio, una niña juega en el barro negro; a veces encuentra un viejo sapo de ojos grandes o una pequeña serpiente ratonera de lengua rosa.

La casa tiene algunas goteras en la esquina y en la entrada. Gotas de humedad se deslizan por las ventanas.

Por las mañanas, la puerta azul permanece entreabierta. Sobre la mesa se alcanza a ver a una joven que escribe cartas en sobres amarillos y verdes, pero el cartero no llega. Ella espera mientras la tarde se apaga sobre los sobres mojados.

La niña sigue afuera, con la mirada del sapo en sus pies fríos, azulados.

Yo recorro el camino y busco un pretexto para quedarme un segundo a observar; busco mi nombre entre los sobres mojados. Pero lo cierto es que no sé leer. Solo observo y sigo caminando.

Una mañana de cielo nublado, la casa azul había desaparecido. En su lugar permanecían las huellas en el lodo, el sapo de ojos grandes, la serpiente ratonera de lengua rosa, la gata negra y las cartas en sobres amarillos.

He aprendido a leer.

Abro una carta cada día.

La última decía:

“Hoy el joven se detuvo en la entrada.
Observó unos segundos y luego siguió caminando.
Dejé la puerta entreabierta.
Quizás mañana.”


domingo

Vestigial

Desearía extirpar de mi piel tu aroma.

Pero temo que, al final, quede demasiado cuerpo para seguir viviendo sin ti.
O peor: descubrir que eras vestigial, costumbre heredada de antiguas versiones de mí.

No quiero conocer la verdad; quiero morir en tu boca, en tu cuerpo.
Quiero morirme de ti.
Mas cada excavación devuelve tu perfume.

Te encuentran en mis relatos, en mis versos, en mis silencios.
Pero yo te escondo en el ático, donde aún duermen tus cabellos y caen letras soleadas de sueños verdes, como recuerdos oxidados;
en el sótano, donde se arrastran las cadenas y supuran grapas en la piel.

Por las mañanas aparecen nuevas letras incrustadas en mi cuerpo. Las leo al pasear al perro, o como el periódico que el ático edita cada noche para que la misma noticia amanezca distinta. Despierto y me pregunto: ¿se habrán añadido comas o puntos suspensivos? A veces se suman paréntesis; pero algunos amaneceres, entre las grapas, encuentro un signo de exclamación.

La historia continúa.

Quizás te he mudado del ático al sótano.
Busco tu sintaxis incrustada en otras pieles.

La viga

 

La viga
grita mi nombre,
clavada en la nieve del monte.

Siento el estribo.

Fuego,
marca
la piel,
la silla.

Pertenezco
bajo sus muslos,
a merced de sus espuelas.

La viga nos llama,
el cuero,
la cuerda.

En la boca,
el freno.
Saliva
fresca.

Tira de mi crin.

Agito su cabello
galope ventricular
en el sangrante jardín.

A la viga, 

quedo atado.


jueves

Río

 Mi alma antes fue río,

en su fondo nadan los peces verdes;
las piedras tiritan en el cauce
en el agua negra, la luna refleja su brillo.

Mi alma antes fue río.
El lodo les llega a los talones,
los niños juegan en verano
y en el invierno tibio.

Tú mojas los pies descalzos
en la orilla, entre las ramas perdidas,
con la piel rosada por el agua.

Mi río un día deja de serlo;
la tormenta desborda su cauce,
la sequía come su carne
y los niños vuelven con paso lento,
con la mirada llena de agua muerta.

He olvidado el sonido del agua entre tus piernas.
Los pies de arena en la orilla
y nadie aprendió sus latidos.

Orilla

 Ahogarse en dos lagunas

negras de estrellada noche,

de aguas dulces,

ópalos de Navariel.


Superficie de cuerda mojada,

nudo ciego en la mirada.


Encontrar mi nombre en la orilla,

nuevo, como anillo pulido

por agua salada.


Cuerpo de agua delgada,

algas enredadas.


Buscas mis manos vacías

a la orilla.


Sirena herida

de pupilas dilatadas.

Nunca aprendió la orilla. 


Caer, arder

 Caer y sentirte abismo,

correr por tus íes traidoras,

quemar tu piedra.


Destilar lento,

a cuentagotas,

beber de los colmillos

tu veneno,

escamas de plata.


Arder, leña húmeda,

camino ciego,

humo denso,

llévame contigo.


Arder en montes secos,

en arbustos espinosos.

Arder cayendo,

o caer ardiendo.


No es lo mismo,

es lo otro.


Tumba y abismo.


Bulto

 Cargar el bulto,

desayuno en la mesa,
en el lomo,
de la puerta a la esquina,
de la esquina a la tumba.

Su peso es de sangre.

Sentencia.

El bulto suda,
grita, llanto,
recién nacido
en la tierra que hierve,
se queda.

Habita mi carne,
el atardecer plateado,
la risa,
el quejido.

Habla,
las palabras no llenan
el hoyo,
la lengua se cansa.

El bulto, lomo ensangrentado,
cayoso,

me borra.


Náufraga

 Eres fruto del mar y ríes

por las calles vacías, entre los barcos,

el tiempo, el frío y las redes

pasan.


Eres marea huérfana

en buques y puertos,

bote encallado,

ultrajado.

Desnudo.


Se alejan las olas,

la espuma blanca

en los labios,

y se te queda la sal

en el cabello.


A ti vienen las gaviotas,

las aves de carroña,

comen tu carne,

tendones y huesos.


La orilla me llama,

lleva tu nombre,

puerto de mercurio.


Llevas la soga atada

al puerto de tu garganta.


Y yo escupo el agua salada

de los pulmones,

de los ojos.


Y el vacío me atrapa.

La 1:30.

Mi navío naufraga.


Enmudecido

 

costura en la boca
olvidé mi nombre
y sigo.

Habito la veta profunda,
su aire desciende
de la carne
al vientre.

Nudo en el intestino.

La orilla mordida
muslos de ave sangrante.

Estiro la mano,
rozo el picaporte,
llave perdida.
La calle palpita.

Arete limpio
marca la carne.
Oro quieto.
Gaznate atado.

Me observo
erosionado.

La viga cruje.
Sigo.


Sal

 Llevo en la carne la mina,

incrustada,
la sal en las venas.

Ahí la tuve, clavada,
clavos de plata,
sangre.

Abajo,
para caer suave,
arder lento.
En la veta.

Ella decía amarme,
aunque fuera techo
y yo lastre.

Desde el subsuelo,
Ojos de diamante frío
incrustan la nuca.

Respirar
la veta en la carne.

Decía amarme,
le creía.

Le creo.