sábado

Poetario - Mole

 Mole

La pequeña Andrea solía hablar con el viento, y las aves le respondían.
Tenía un llamado ancestral: el de la tierra, el de los antiguos.
El humo parecía obedecerla.
En sus ojos llevaba el color de las especias,
y por sus venas corría aguamiel de agave manso.

Andrea se subía a un banquito de madera de mezquite, construido por su tata,
para alcanzar el fogón y desleír yemas en el cazo de cobre.
Sus tías solían decir:
—Andrea escucha la voz tenue de la abuela;
ella le dice cuánta sal agregar.—

Al crecer, interpretó la voz ancestral como otro tipo de llamado:
el del convento, el del claustro.
Pero la devoción no templó su aire místico,
el de quien escucha la lluvia antes de que toque el suelo,
enciende las velas al entrar al cuarto,
o siente el temblor antes de que los perros empiecen a ladrar.

Sus hermanas la miraban con recelo.
Decían que su flan siempre cuajaba,
que sus claras se volvían nubes primero,
que el crepitar de los leños se callaba al oír su voz.
Ella sabía que la lumbre también respira, también siente.

Cierta mañana, Andrea despertó con la sensación de haber dormido siglos
y vivido muchas vidas;
con el peso del tiempo sobre los hombros
y la ligereza de la hierba fresca en las manos.
En su pupila habitaba el brillo del oro viejo y de la plata nueva.

Al lado de su cama dormía un perro negro:
su piel era de sal ahumada
y despedía olor a leña de manzano, copal y especias de los moros.
El animal la miró con ojos de brasa encendida,
y su respiración sonaba como las voces antiguas:
los indios, los esclavos, los que todavía le rezan al maíz negro.

Bajo su pata izquierda había un trozo de papel arrugado.
El perro le dijo: —Come.—
Y el aire le supo a páginas viejas, a liturgia fermentada en rezos nuevos;
pero en su vientre se tornó dulce, como el caramelo…



Ocelotl

viernes

In Ocelotl Ce Tecuani


 La muy noble ciudad de Puebla de Ángeles, 30 de marzo de 1610, en el duodécimo año de su majestad, Felipe III el piadoso.​



A los ojos del empíreo ahitado en luceros, se tiñe un firmamento de azul oscuro. Tenues tintes de luz violácea se abren paso a través de un cristal erosionado por el tiempo. Allí, su fría y delgada silueta permanece postrada en la misma posición que la noche anterior: boca abajo, con la mano izquierda doblada sobre su espalda. Aún viste su vestido dominical, aquel que su madre le heredó y cuida con devoción. Los reflejos de luz acentúan las curvas del gastado encaje y el tontillo, doblado y deforme se alza próximo a sus pies descalzos. Sus brazos delgados y pálidos yacen cubiertos de tierra negra, como ceda en medio del estiércol fresco.


A escasos diez pasos dormía yo, su celador. Con el sueño todavía tirando de mi cuerpo, me incorporé.

Ningún pensamiento cruzó mi mente: autómata de movimientos rutinarios, entreabrí los ojos y alcancé mi ropa al lado del catre, un par de pantalones gastados y una camisa vieja.


Mientras mis pies desnudos tocaban la madera lisa, una fuerte punzada en la mano izquierda terminó de despertarme.Al prestarle atención, me percaté de los mapas de sangre seca que se dibujaban en mis nudillos deformados. No era mi sangre.


A tientas busqué encender una vela. Cuando el cuarto se llenó de luz vacilante, me concentré en encontrar agua para lavar mis manos.

Mientras bajaba las escaleras, la madera detrás de mí rechinó. Me detuve, giré la cabeza apenas para escuchar mejor.


Dos golpes secos.

Luego, un gemido suave, pero sordo.


Un sutil dejo de beatitud se marcó en mi rostro, como por obra del fuego. Sonreí.

Seguía viva. Menuda sorpresa. Creí que esta vez no despertaría.


Ya fuera de la casa, cerca del huerto, escuché un rugido fuerte, como de ocelote maltrecho. Se me erizaron los pelos de la nuca; los animales se inquietaron y los perros comenzaron a ladrar. Pistola en mano, fui a buscarlo. No era la primera vez que una fiera entraba en la hacienda.
La primera luz de la mañana limitaba mi vista: sólo veía siluetas negras. Entre la hierba alta, junto a la casa, distinguí dos ojos brillantes —dos monedas doradas nuevas— que me observaban fijamente. Se me heló la sangre y quedé paralizado; sólo escuchaba mi corazón queriendo salir.

A paso lento pero firme, la bestia emergió de la hierba seca. Sin apartar de mí aquella mirada, estiró la pata y me hizo señas para que me acercara. Creí que me volvía loco; repitió el gesto un par de veces. Incrédulo y desconfiado, avancé con piernas temblorosas. A un tiro de piedra pude ver en su lomo cuatro saetas clavadas, como novillo recién rejoneado. Entonces entendí: quería que lo ayudara a sacarlas.

Me acerqué decidido a darle el tiro de gracia. Los indios dicen que no se debe disparar más de cuatro veces —estúpidas bestias—; yo terminaría el trabajo. Jalé del gatillo. La pistola escupió muerte. Hincado, extraje una a una las saetas ensangrentadas; la piel estaba arruinada y la carne, amarga y dura. Aun así, los perros la devorarían; pensé en buscar el cuchillo pelador recién afilado.

Al voltear, en la pared de la casa leí, escrito con sangre:


“ In ocelotl ce tecuani, tlacua nacatl.”


De nuevo se me heló la sangre. Los ojos se me hicieron de papel y caí al suelo, junto al ocelote muerto. Su sangre borbotaba de la piel; sus ojos de moneda seguían fijos, observándome. Los ladridos se fueron haciendo lejanos y las fuerzas me abandonaron de un tirón.


Todo se volvió negro.


Postrado junto al fogón, al arrullo de los crocantes leños de mezquite -ese fuego cuya canción juraría haber escuchado mil veces-, abrí los ojos sabiendo, sin saber cómo, que ya los había abierto antes; como quien despierta dentro del mismo sueño. 


Un par de ojos color mar del Caribe me miraban atentos mientras lavaban mis heridas con delicadeza. En sus ojos azules había un brillo imposible; por un segundo creí ver en ellos el reflejo del animal herido. 


Compasiva e indulgente al verme despertar, bajó la mirada; sus cabellos dorados rozaban la piel lacerada de mis brazos. Mientras enjuagaba y exprimía un viejo trapo en agua salada, de sus manos se desprendía una memoria colectiva, compuesta de las tantas veces que, de la misma manera, enjuagó las heridas de su madre.


—Mire nada más cómo se ha dejado —replicó enérgicamente, sin reparo—. Toda su camisa ha quedado rota, inservible. Ahora tendré que remendarla. Quizás podría acompañarme a comprar aguja e hilo más tarde.


Permanecí en silencio, con la vista fija en el delicado vaivén de su cuerpo. Por un segundo deseé quedarme allí, entre sus pálidas manos de nube a punto de llorar, y que mis ojos se tornaran grises al calor de su aliento; como el pintor que muere a los pies de su obra maestra. Mas estaba cierto: una muerte tranquila no figuraba en mi destino.


Entonces irrumpió una voz humilde, entintada de desdén y de temor:


—¿Ha despertado?


Clavó su mirada en mí, una mirada que sólo se logra con el desgaste de los años. Quizás fantaseó con no verme despertar otra vez, con ver mi carne podrida convertirse en alimento de gusanos y perros sarnosos.

Todo se volvio negro. 


Cuando la luz me tocó de nuevo, el sol quemaba mi rostro. Abrí los ojos. Allí, su fría y delgada silueta permanece postrada en la misma posición que la noche anterior: boca abajo, con la mano izquierda doblada sobre su espalda…


Una voz tenue y rasposa repetía: “ In ocelotl ce tecuani, tlacua nacatl, In ocelotl ce tecuani, tlacua nacatl.”

La lengua de los indios. ¿Qué significa? 


Escuché un rugido fuerte, como de ocelote maltrecho. Se me erizaron los pelos de la nuca. No era la primera vez que una fiera entraba en la hacienda.


Entre la hierba alta, junto a la casa, distinguí dos ojos brillantes color del mar caribe —dos monedas plateadas nuevas— que me observaban fijamente.


Y otra vez, el crujir de los leños de mezquite, el mismo arrullo que precede al despertar.


jueves

Carta a mi hija



Para cuando vuelvas a mis letras, buscando mi voz entre tus memorias. 


Siempre creí que el amor a primera vista era cosa de cuentos, hasta que unos ojos me devolvieron la mirada, como queriendo entenderme; hasta que escuché tu llanto y vi tu sonrisa sin dientes. En ese instante se hizo realidad mi más grande miedo: el tiempo.


Supe que tenía un número limitado de minutos a tu lado. Supe también que un día no estaría allí para ti, para tomar tu mano en una noche fría, o secar tus lágrimas cuando tu corazón se rompa.


Así que te tomé en mis brazos, y tu calor se sintió bien en mi piel… no sé si porque eras mía o porque yo era tuyo.


Sé que no puedo vivir por ti, ni tú a través de mí; que mis errores no son tuyos, aunque los lleves tatuados en la piel como herencia mía. Pero puedo escribirte, y confiar en que volverás a mis letras buscando respuestas —o más preguntas— como vuelven las aves en la primavera.


Y confío en que, cuando nos volvamos a ver, con distintas pieles, me reconocerás de inmediato. Reconocerás la mirada ancestral, el devenir del tiempo en mis ojos, el ciclo del río.


Mientras te escribo, imagino tu risa, cómplice y luminosa, real al final y el inicio de cada ciclo. 


Hasta que la eternidad nos vuelva a unir


lunes

Pecado

 He cometido un pecado al mirarte,

al respirar tu cuerpo cálido,
y sentir tu piel vibrante,
al imaginar tu cabello rizado
y tu voz de ave sangrante.


Caen las hojas,
como caen mis pensamientos
ingrávidos, irrelevantes
Pecado en tus ojos cálidos,
llameantes.


Me sedujo la triste noche
y los ópalos de Navariel,
la mirada contenida,
la respiración entrecortada,
y el torrente acuoso del amante.


Bebida de amargo ocaso,
de vino prosecco y huella dulce.

Olvido a cuentagotas.
Trescientas noches,
y letra de diamante.

Navariel


 Liminal

 And if I must go,

if I must fall,

let it be toward the quivering flame

of a soul who never asked to be saved,

but still,

I hoped she’d let me try.


see

           Es un placer verte otra vez.

Esta versión tuya es distinta a la anterior.
Me gusta.

Quizás te preguntes quién soy,
o qué haces aquí.
No te preocupes.
Las respuestas no llegarán de golpe.

Has venido a recordar.
Con la sombra que dejaste en los pasillos,
con la sal que aún llevas en la piel,
con la herida que ya no sangra.

No temas.

Has cruzado este umbral mil veces, en vidas pasadas.
Los mismos pasillos.
El mismo río.
La misma ventana.
Los mismos aromas: especias añejas, maderas, cortezas, miel de abeja,
y un par de ojos tristes.

El mismo mármol bajo tus pies,
suave al tacto,
erosionado por las memorias y los ecos de otras eras.
Tu sombra aún deambula por algún laberinto de puertas,
como un niño buscando a su madre entre desconocidos.

Cuando decidas cruzar (si decides hacerlo),
¿caminarás hacia la izquierda o hacia la derecha?
¿Te quedarás quieta, fingiendo elegir algo?

Y si entras a una habitación vieja,
aún llena de su aroma...
¿te quedarías a vivir en ella?

¿O seguirás caminando hacia las olas,
hacia la roca sin vértices,
la roca que sangra hacia el mar?

Quizás te preguntes qué hay más allá del mar,
de la sal, de la sangre,
de los gigantes recostados en el horizonte.

Quizás te preguntes quién soy.

Y es que, aunque aún no te reconoces...

no temas.
Sé que un día lo harás.

Beyond the colossus

           Beyond the colossus,

it’s always been you.

La fogata que cruje.
La sal que arde.
El niño que deambulaba entre rostros desconocidos.

Siempre fuiste tú.
Siempre has sido tú.

En la mirada del desconocido que te juzga,
en la ira del viento,
en el miedo de los animales que te ladran.

Fuiste tú.

Leíste cada línea con los ojos entrecerrados,
buscando entre palabras algún rostro que no fuera el tuyo.
Pero eras tú.

Tú, en cada sombra.
Tú, en la habitación vieja.
Tú, en la herida que no sangra
pero aún escuece cuando llueve.

Tú,
en los ojos tiernos de los que amaste con locura.
Tú,
en la ternura que te dio miedo recibir.
Tú,
en el amor que dejaste ir antes de entenderlo.

Y más allá de la sal,
más allá de la sangre,
más allá de los gigantes,

en cada átomo,
también estás tú.

Fall

          Respira.

Una vez más.
Siente tus arcos costales abrirse.
Cuenta hasta diez.
Luego hasta cien.
Hasta que las palabras se disuelvan,
como miel en tus labios,
como agua salada en la arena
bajo tus pies.

Y respira otra vez.

Porque corta es la caída,
y breve el viaje.

Sostén mis manos
entre tus alas.
Por favor.
No tardes.
Ven pronto
a mi rescate.