Soy abismo,
pero preferiría ser tu piel, tu brazo.
Me marchito cada veinte de marzo,
me inclino, me arrastro.
Preferiría ser casa,
hoguera o ventana,
taza
o puerta cerrada,
no abismo.
Cada veinte de marzo.
Cocinero excéntrico, amante de las letras y el café negro "En el medio de un océano infinito de cuerpos vacíos, el eco de mis versos pareciera el único escape."
Soy abismo,
pero preferiría ser tu piel, tu brazo.
Me marchito cada veinte de marzo,
me inclino, me arrastro.
Preferiría ser casa,
hoguera o ventana,
taza
o puerta cerrada,
no abismo.
Cada veinte de marzo.
Di que te quedarás esta noche.
Que el peso de mi piel bastaRespiro metal líquido,
justo después
de la partida,
baja por la garganta,
al vientre,
moneda de sangre.
Me observa el semáforo,
la lámpara,
el poste.
La esquina me llama,
me arrastra
el sabor del cobre.
Pies descalzos.
Asfalto frío.
Calle húmeda,
iluminada,
aire fresco.
Paso.
Pasa.
Despertar y sentir el hueco,
desayunar con él,
croque-madame, pan reseco.
Llevarlo al trabajo,
vestirlo,
nombrarlo,
ponerle precio.
Entre las flores,
alimentarlo de almendras,
miel.
A las 12 me quema.
lo llevo al parque,
a conocer nuevos huecos.
Otros nombres,
otros ojos,
los de mi madre,
la voz de mi padre.
Me pesa,
cemento fresco.
A veces ardo,
fuego mundano,
en las calles húmedas,
en el fondo, huérfano.
A veces muero
de correr
hacia la orilla,
a tu vientre de sal.
A veces ardemos,
fundidos,
desbocados.
A las tres y media,
y también a las cuatro.
A veces sueño
con ser zapato,
boca abajo en la esquina.
Pero soy fuego,
fuego mundano,
en el mismo fondo, huérfano.
—Conozco el final del abismo— le dije.
Es el sonido del océano en mis manos,
el reflejo del sol distorsionado,
el reflejo del dolor contenido, durmiente.
La mirada trémula que no miente,
que cuenta la verdad oculta.
He sangrado tantos atardeceres
y temo tu plumaje: ave sangrante,
cuervo rumiante que duerme.
Miel amarga que sofoca,
desciende, céfalo–caudal,
asfixia.
—Conozco el abismo. El final— le dije.
Pero desconozco el sosiego, la paz,
el interior del ataúd, su peso
y el filo de su vértice,
la almohada suave,
la mano que no tiembla…
No puedo soltar la soga,
no puedo exhalar el miedo.
Temo ser
el que olvida,
el que sana,
el que mata,
el que siente.