domingo

Vestigial

Desearía extirpar de mi piel tu aroma.

Pero temo que, al final, quede demasiado cuerpo para seguir viviendo sin ti.
O peor: descubrir que eras vestigial, costumbre heredada de antiguas versiones de mí.

No quiero conocer la verdad; quiero morir en tu boca, en tu cuerpo.
Quiero morirme de ti.
Mas cada excavación devuelve tu perfume.

Te encuentran en mis relatos, en mis versos, en mis silencios.
Pero yo te escondo en el ático, donde aún duermen tus cabellos y caen letras soleadas de sueños verdes, como recuerdos oxidados;
en el sótano, donde se arrastran las cadenas y supuran grapas en la piel.

Por las mañanas aparecen nuevas letras incrustadas en mi cuerpo. Las leo al pasear al perro, o como el periódico que el ático edita cada noche para que la misma noticia amanezca distinta. Despierto y me pregunto: ¿se habrán añadido comas o puntos suspensivos? A veces se suman paréntesis; pero algunos amaneceres, entre las grapas, encuentro un signo de exclamación.

La historia continúa.

Quizás te he mudado del ático al sótano.
Busco tu sintaxis incrustada en otras pieles.

La viga

 

La viga
grita mi nombre,
clavada en la nieve del monte.

Siento el estribo.

Fuego,
marca
la piel,
la silla.

Pertenezco
bajo sus muslos,
a merced de sus espuelas.

La viga nos llama,
el cuero,
la cuerda.

En la boca,
el freno.
Saliva
fresca.

Tira de mi crin.

Agito su cabello
galope ventricular
en el sangrante jardín.

A la viga, 

quedo atado.


jueves

Río

 Mi alma antes fue río,

en su fondo nadan los peces verdes;
las piedras tiritan en el cauce
en el agua negra, la luna refleja su brillo.

Mi alma antes fue río.
El lodo les llega a los talones,
los niños juegan en verano
y en el invierno tibio.

Tú mojas los pies descalzos
en la orilla, entre las ramas perdidas,
con la piel rosada por el agua.

Mi río un día deja de serlo;
la tormenta desborda su cauce,
la sequía come su carne
y los niños vuelven con paso lento,
con la mirada llena de agua muerta.

He olvidado el sonido del agua entre tus piernas.
Los pies de arena en la orilla
y nadie aprendió sus latidos.

Orilla

 Ahogarse en dos lagunas

negras de estrellada noche,

de aguas dulces,

ópalos de Navariel.


Superficie de cuerda mojada,

nudo ciego en la mirada.


Encontrar mi nombre en la orilla,

nuevo, como anillo pulido

por agua salada.


Cuerpo de agua delgada,

algas enredadas.


Buscas mis manos vacías

a la orilla.


Sirena herida

de pupilas dilatadas.

Nunca aprendió la orilla. 


Caer, arder

 Caer y sentirte abismo,

correr por tus íes traidoras,

quemar tu piedra.


Destilar lento,

a cuentagotas,

beber de los colmillos

tu veneno,

escamas de plata.


Arder, leña húmeda,

camino ciego,

humo denso,

llévame contigo.


Arder en montes secos,

en arbustos espinosos.

Arder cayendo,

o caer ardiendo.


No es lo mismo,

es lo otro.


Tumba y abismo.


Bulto

 Cargar el bulto,

desayuno en la mesa,
en el lomo,
de la puerta a la esquina,
de la esquina a la tumba.

Su peso es de sangre.

Sentencia.

El bulto suda,
grita, llanto,
recién nacido
en la tierra que hierve,
se queda.

Habita mi carne,
el atardecer plateado,
la risa,
el quejido.

Habla,
las palabras no llenan
el hoyo,
la lengua se cansa.

El bulto, lomo ensangrentado,
cayoso,

me borra.


Náufraga

 Eres fruto del mar y ríes

por las calles vacías, entre los barcos,

el tiempo, el frío y las redes

pasan.


Eres marea huérfana

en buques y puertos,

bote encallado,

ultrajado.

Desnudo.


Se alejan las olas,

la espuma blanca

en los labios,

y se te queda la sal

en el cabello.


A ti vienen las gaviotas,

las aves de carroña,

comen tu carne,

tendones y huesos.


La orilla me llama,

lleva tu nombre,

puerto de mercurio.


Llevas la soga atada

al puerto de tu garganta.


Y yo escupo el agua salada

de los pulmones,

de los ojos.


Y el vacío me atrapa.

La 1:30.

Mi navío naufraga.