Desearía extirpar de mi piel tu aroma.
Pero temo que, al final, quede demasiado cuerpo para seguir viviendo sin ti.
O peor: descubrir que eras vestigial, costumbre heredada de antiguas versiones de mí.
No quiero conocer la verdad; quiero morir en tu boca, en tu cuerpo.
Quiero morirme de ti.
Mas cada excavación devuelve tu perfume.
Te encuentran en mis relatos, en mis versos, en mis silencios.
Pero yo te escondo en el ático, donde aún duermen tus cabellos y caen letras soleadas de sueños verdes, como recuerdos oxidados;
en el sótano, donde se arrastran las cadenas y supuran grapas en la piel.
Por las mañanas aparecen nuevas letras incrustadas en mi cuerpo. Las leo al pasear al perro, o como el periódico que el ático edita cada noche para que la misma noticia amanezca distinta. Despierto y me pregunto: ¿se habrán añadido comas o puntos suspensivos? A veces se suman paréntesis; pero algunos amaneceres, entre las grapas, encuentro un signo de exclamación.
La historia continúa.
Quizás te he mudado del ático al sótano.
Busco tu sintaxis incrustada en otras pieles.