sábado

Gatocuervo

 No volveré a ver

tu mirada en las tardes de lluvia,
las hojas cayendo en octubre,
el gato sentado en la ventana.

No volveré a verte.

No volverás a ver
mis atardeceres,
los brotes de hierba en primavera,
el cuervo sumando piedras.

No volverás a verme.

No volveremos a ver
la nieve en nuestra ventana,
la taza de chocolate caliente,
la cobija que no nos alcanza en enero.

No volveremos a vernos.


Perro


Hoy amanecí perdido.

Animal callejero.

Herida abierta.

Con las patas quemadas,
camino entre los autos
y la gente.

Duermo entre los perros.
Todos huelen a olvido y leche agria.

Famélico,
atrapo un pájaro herido,
lo desangro entre los dientes.

Sin nombre,
nadie me reclama.


Extraños


No leeremos poesía
sentados a la mesa.
No será tu apellido
el que acompañe al mío,
ni tu brazo sosteniendo mi cabeza.

No será en esta vida
que nos cubra el aburrimiento
una tarde de domingo.

Somos extraños:

tú en tu cuna blanca,
yo entre barrotes.

Tu agua se vuelve negra
cuando te enojas.

No buscas un hogar.
Buscas una cueva mojada.

viernes

Lengua de señas

 Los niños están afuera,

en el pasto, descalzos.

Ríen en el patio.
Busco tu risa entre ellos.

Pero el sonido
no atraviesa mi cuerpo.

Sordo, aprendí tu nombre
en lengua de señas,
para pronunciarlo en silencio
con las manos,
en el desayuno
y a la hora de la cena.

Es ajeno a mi boca.
Mi piel lo reconoce.


Vetas

 Desconozco el roce de mi piel

contra el cemento.

Mis manos tropiezan al buscarte,
entre las grietas del muro,
entre las vetas de la calle.

Mi cuerpo te busca a tientas
en el cuarto oscuro.
Busco el interruptor
en la pared equivocada,

en la negrura,
ciego.

jueves

Mi piel se equivoca


Mi piel se equivoca.

Tropieza en tus grietas,

en tus paredes enmohecidas,

manchadas de humo y manos.

Reconozco tu aroma

en un torso moteado,

en la geografía de un muslo rosado,

en la fogata enmudecida.

Pero no es tu piel.

Ni tu boca.

Es la veta en el muro,

la grieta en tu boca,

el diente torcido,

el lunar en el cuello.

Mi piel se equivoca.

Obsesión


Mis atardeceres están famélicos de ti.

Tu aliento matutino
inunda mis patios.
Tu hueso me asfixia.

La madrugada suda,
rechina los dientes.
La respiración
se interrumpe en mi cuello.

Yo te quedo
y tú me quedas.

Nos quedamos dormidos,
casi muertos,

como animales extraños
en la misma grieta.

Mis atardeceres
están famélicos de ti
de tu sal,
de tu tierra.