miércoles

Oro blanco


Los lentes resbalan
cuando ríes.

Bajas la mirada.

La lluvia
moja tu cabello de cobre.

El anillo de oro blanco
va y viene
sobre la piel dorada.

El lunar en tu cuello
quema.

Sabe a casa.


Oro negro

El peso ladra.
Ensucia el rodapié.

Se queda en los pliegues
de la piel mojada,
pegado al sudor.

Niego la mancha aterciopelada
en el cuello.

La raspo.
Sangro.

Sale del bolsillo derecho
y vuelve al izquierdo.

Traga el pan reseco,
lo atraviesa el hilo.

Una arcada de lija
sube del vientre tenso.

Quedo
abierto.

lunes

Estoy hecho de todo lo que has olvidado



Estoy hecho de todo lo que has olvidado

El pincel azul.
El cajón abierto.

¿A dónde va la ropa sucia
cuando no la encuentro?

Todo me pierde:

las llaves,
el teléfono,
el sueño.

Arrastro el bulto
de la sala a la cocina.

De la cocina al cuarto.

¿En dónde se esconden
los calcetines deshermanados?

¿Bajo la cama?
¿En el arenero?

Deshecho.


Extraño

 A ciegas me deslizo hacia ti,

animal extraño,
entre cuervo y gato.

Llevo barro en las plumas.
No vuelo, me arrastro.

Sangre viscosa en las patas.
Resbalo.

Quisiera arrancarme los ojos
para ya no sentir
el peso de tu muslo.


sábado

Gatocuervo

No volveré a mirar
tus ojeras crecer bajo la lluvia,
ni las hojas de octubre
morir en tus hombros delgados,
el gato negro
velar tras el vidrio
con plumas entre los dientes.

No volverás a ver
la geografía de mis manos
atravesar tu vientre,
ni el cuervo sumando piedras
en el hueco de mi boca.

Ya no veremos la nieve deshacerse
contra nuestra ventana.

Las garras
desangran el plumaje.

No rozaremos nuestras sienes
ni dormiremos bajo las negras alas.

En la ventana
solo queda el gatocuervo.

Se lame las alas.


Perro


Hoy amanecí perdido.

Animal callejero.

Herida abierta.

Con las patas quemadas,
camino entre los autos
y la gente.

Duermo entre los perros.
Todos huelen a olvido y leche agria.

Famélico,
atrapo un pájaro herido,
lo desangro entre los dientes.

Sin nombre,
nadie me reclama.


Extraños


No leeremos poesía
sentados a la mesa.
No será tu apellido
el que acompañe al mío,
ni tu homro sosteniendo mi cabeza.

No será en esta vida
que nos cubra el aburrimiento
una tarde de domingo.

Somos extraños:

tú en tu cuna blanca,
yo entre barrotes.

Tu agua se vuelve negra
cuando te enojas.

No buscas un hogar.
Buscas una cueva mojada.