jueves

Río

 Mi alma antes fue río,

en su fondo nadan los peces verdes;
las piedras tiritan en el cauce
y su brillo refleja la luna en el agua negra.

Mi alma antes fue río.
El lodo les llega a los talones,
los niños juegan en verano
y en el invierno tibio.

Tú mojas los pies descalzos
en la orilla, entre las ramas perdidas,
con la piel rosada por el agua.

Mi río un día deja de serlo;
la tormenta desborda su cauce,
la sequía come su carne
y los niños vuelven con paso lento,
con la mirada llena de agua muerta.

He olvidado el sonido del agua entre tus piernas.
Los pies de arena en la orilla
y nadie aprendió sus latidos.

Orilla

 Ahogarse en dos lagunas

negras de estrellada noche,

de aguas dulces,

ópalos de Navariel.


Superficie de cuerda mojada,

nudo ciego en la mirada.


Encontrar mi nombre en la orilla,

nuevo, como anillo pulido

por agua salada.


Cuerpo de agua delgada,

algas enredadas.


Buscas mis manos vacías

a la orilla.


Sirena herida

de pupilas dilatadas.

Nunca aprendió la orilla. 


Caer, arder

 Caer y sentirte abismo,

correr por tus íes traidoras,

quemar tu piedra.


Destilar lento,

a cuentagotas,

beber de los colmillos

tu veneno,

escamas de plata.


Arder, leña húmeda,

camino ciego,

humo denso,

llévame contigo.


Arder en montes secos,

en arbustos espinosos.

Arder cayendo,

o caer ardiendo.


No es lo mismo,

es lo otro.


Tumba y abismo.


Bulto

 Cargar el bulto,

desayuno en la mesa,
en el lomo,
de la puerta a la esquina,
de la esquina a la tumba.

Su peso es de sangre.

Sentencia.

El bulto suda,
grita, llanto,
recién nacido
en la tierra que hierve,
se queda.

Habita mi carne,
el atardecer plateado,
la risa,
el quejido.

Habla,
las palabras no llenan
el hoyo,
la lengua se cansa.

El bulto, lomo ensangrentado,
cayoso,

me borra.


Náufraga

 Eres fruto del mar y ríes

por las calles vacías, entre los barcos,

el tiempo, el frío y las redes

pasan.


Eres marea huérfana

en buques y puertos,

bote encallado,

ultrajado.

Desnudo.


Se alejan las olas,

la espuma blanca

en los labios,

y se te queda la sal

en el cabello.


A ti vienen las gaviotas,

las aves de carroña,

comen tu carne,

tendones y huesos.


La orilla me llama,

lleva tu nombre,

puerto de mercurio.


Llevas la soga atada

al puerto de tu garganta.


Y yo escupo el agua salada

de los pulmones,

de los ojos.


Y el vacío me atrapa.

La 1:30.

Mi navío naufraga.


Enmudecido

 

costura en la boca
olvidé mi nombre
y sigo.

Habito la veta profunda,
su aire desciende
de la carne
al vientre.

Nudo en el intestino.

La orilla mordida
muslos de ave sangrante.

Estiro la mano,
rozo el picaporte,
llave perdida.
La calle palpita.

Arete limpio
marca la carne.
Oro quieto.
Gaznate atado.

Me observo
erosionado.

La viga cruje.
Sigo.


Sal

 Llevo en la carne la mina,

incrustada,
la sal en las venas.

Ahí la tuve, clavada,
clavos de plata,
sangre.

Abajo,
para caer suave,
arder lento.
En la veta.

Ella decía amarme,
aunque fuera techo
y yo lastre.

Desde el subsuelo,
Ojos de diamante frío
incrustan la nuca.

Respirar
la veta en la carne.

Decía amarme,
le creía.

Le creo.