lunes

La casa azul

 A la orilla del camino empedrado hay una casa de puerta azul y picaporte nuevo de cobre pulido. La luz del verano acaricia su fachada. A la ventana se asoma, una gata negra de pelaje corto, patas blancas y ojos verdes.

En el patio, una niña juega en el barro negro; a veces encuentra un viejo sapo de ojos grandes o una pequeña serpiente ratonera de lengua rosa.

La casa tiene algunas goteras en la esquina y en la entrada. Gotas de humedad se deslizan por las ventanas.

Por las mañanas, la puerta azul permanece entreabierta. Sobre la mesa se alcanza a ver a una joven que escribe cartas en sobres amarillos y verdes, pero el cartero no llega. Ella espera mientras la tarde se apaga sobre los sobres mojados.

La niña sigue afuera, con la mirada del sapo en sus pies fríos, azulados.

Yo recorro el camino y busco un pretexto para quedarme un segundo a observar; busco mi nombre entre los sobres mojados. Pero lo cierto es que no sé leer. Solo observo y sigo caminando.

Una mañana de cielo nublado, la casa azul había desaparecido. En su lugar permanecían las huellas en el lodo, el sapo de ojos grandes, la serpiente ratonera de lengua rosa, la gata negra y las cartas en sobres amarillos.

He aprendido a leer.

Abro una carta cada día.

La última decía:

“Hoy el joven se detuvo en la entrada.
Observó unos segundos y luego siguió caminando.
Dejé la puerta entreabierta.
Quizás mañana.”


domingo

Vestigial

Desearía extirpar de mi piel tu aroma.

Pero temo que, al final, quede demasiado cuerpo para seguir viviendo sin ti.
O peor: descubrir que eras vestigial, costumbre heredada de antiguas versiones de mí.

No quiero conocer la verdad; quiero morir en tu boca, en tu cuerpo.
Quiero morirme de ti.
Mas cada excavación devuelve tu perfume.

Te encuentran en mis relatos, en mis versos, en mis silencios.
Pero yo te escondo en el ático, donde aún duermen tus cabellos y caen letras soleadas de sueños verdes, como recuerdos oxidados;
en el sótano, donde se arrastran las cadenas y supuran grapas en la piel.

Por las mañanas aparecen nuevas letras incrustadas en mi cuerpo. Las leo al pasear al perro, o como el periódico que el ático edita cada noche para que la misma noticia amanezca distinta. Despierto y me pregunto: ¿se habrán añadido comas o puntos suspensivos? A veces se suman paréntesis; pero algunos amaneceres, entre las grapas, encuentro un signo de exclamación.

La historia continúa.

Quizás te he mudado del ático al sótano.
Busco tu sintaxis incrustada en otras pieles.

La viga

 

La viga
grita mi nombre,
clavada en la nieve del monte.

Siento el estribo.

Fuego,
marca
la piel,
la silla.

Pertenezco
bajo sus muslos,
a merced de sus espuelas.

La viga nos llama,
el cuero,
la cuerda.

En la boca,
el freno.
Saliva
fresca.

Tira de mi crin.

Agito su cabello
galope ventricular
en el sangrante jardín.

A la viga, 

quedo atado.


jueves

Río

 Mi alma antes fue río,

en su fondo nadan los peces verdes;
las piedras tiritan en el cauce
en el agua negra, la luna refleja su brillo.

Mi alma antes fue río.
El lodo les llega a los talones,
los niños juegan en verano
y en el invierno tibio.

Tú mojas los pies descalzos
en la orilla, entre las ramas perdidas,
con la piel rosada por el agua.

Mi río un día deja de serlo;
la tormenta desborda su cauce,
la sequía come su carne
y los niños vuelven con paso lento,
con la mirada llena de agua muerta.

He olvidado el sonido del agua entre tus piernas.
Los pies de arena en la orilla
y nadie aprendió sus latidos.

Orilla

 Ahogarse en dos lagunas

negras de estrellada noche,

de aguas dulces,

ópalos de Navariel.


Superficie de cuerda mojada,

nudo ciego en la mirada.


Encontrar mi nombre en la orilla,

nuevo, como anillo pulido

por agua salada.


Cuerpo de agua delgada,

algas enredadas.


Buscas mis manos vacías

a la orilla.


Sirena herida

de pupilas dilatadas.

Nunca aprendió la orilla. 


Caer, arder

 Caer y sentirte abismo,

correr por tus íes traidoras,

quemar tu piedra.


Destilar lento,

a cuentagotas,

beber de los colmillos

tu veneno,

escamas de plata.


Arder, leña húmeda,

camino ciego,

humo denso,

llévame contigo.


Arder en montes secos,

en arbustos espinosos.

Arder cayendo,

o caer ardiendo.


No es lo mismo,

es lo otro.


Tumba y abismo.


Bulto

 Cargar el bulto,

desayuno en la mesa,
en el lomo,
de la puerta a la esquina,
de la esquina a la tumba.

Su peso es de sangre.

Sentencia.

El bulto suda,
grita, llanto,
recién nacido
en la tierra que hierve,
se queda.

Habita mi carne,
el atardecer plateado,
la risa,
el quejido.

Habla,
las palabras no llenan
el hoyo,
la lengua se cansa.

El bulto, lomo ensangrentado,
cayoso,

me borra.