viernes

Vetas

 Desconozco el roce de mi piel

contra el cemento.

Mis manos tropiezan al buscarte,
entre las grietas del muro,
entre las vetas de la calle.

Mi cuerpo te busca a tientas
en el cuarto oscuro.
Busco el interruptor
en la pared equivocada,

en la negrura,
ciego.

jueves

Mi piel se equivoca

 Mi piel se equivoca

Tropieza en tus grietas 

En tus paredes enmohecidas 

Manchadas de humo y manos


Reconozco tu aroma

En un torso moteado 

En un muslo rosado

En la fogata extinguida 


Más no es tu piel

Ni tu boca


Es la veta en el muro 

La grieta en tu boca

El diente torcido

El lunar en el cuello 


Mi piel se equivoca

Obsesión


Mis atardeceres están famélicos de ti.

Tu aliento matutino
inunda mis patios.
Tu hueso me asfixia.

La madrugada suda,
rechina los dientes.
La respiración
se interrumpe en mi cuello.

Yo te quedo
y tú me quedas.

Nos quedamos dormidos,
casi muertos,

como animales extraños
en la misma grieta.

Mis atardeceres
están famélicos de ti
de tu sal,
de tu tierra.

Enredaderas

 Arranca el silencio de mi boca.

De mi piel, tus enredaderas,

los brotes de hierba mala.


Duerme a mi lado,

en la tierra fértil,

descalza.


Arranca de mis ojos la luna de cobre.


Llevo en el hueco de mi mano

tus labios mojados.


Arráncate de mí,

de mi piel tus atardeceres.


lunes

La casa azul

 A la orilla del camino empedrado hay una casa de puerta azul y picaporte nuevo de cobre pulido. La luz del verano acaricia su fachada. A la ventana se asoma, una gata negra de pelaje corto, patas blancas y ojos verdes.

En el patio, una niña juega en el barro negro; a veces encuentra un viejo sapo de ojos grandes o una pequeña serpiente ratonera de lengua rosa.

La casa tiene algunas goteras en la esquina y en la entrada. Gotas de humedad se deslizan por las ventanas.

Por las mañanas, la puerta azul permanece entreabierta. Sobre la mesa se alcanza a ver a una joven que escribe cartas en sobres amarillos y verdes, pero el cartero no llega. Ella espera mientras la tarde se apaga sobre los sobres mojados.

La niña sigue afuera, con la mirada del sapo en sus pies fríos, azulados.

Yo recorro el camino y busco un pretexto para quedarme un segundo a observar; busco mi nombre entre los sobres mojados. Pero lo cierto es que no sé leer. Solo observo y sigo caminando.

Una mañana de cielo nublado, la casa azul había desaparecido. En su lugar permanecían las huellas en el lodo, el sapo de ojos grandes, la serpiente ratonera de lengua rosa, la gata negra y las cartas en sobres amarillos.

He aprendido a leer.

Abro una carta cada día.

La última decía:

“Hoy el joven se detuvo en la entrada.
Observó unos segundos y luego siguió caminando.
Dejé la puerta entreabierta.
Quizás mañana.”


domingo

Vestigial

Desearía extirpar de mi piel tu aroma.

Pero temo que, al final, quede demasiado cuerpo para seguir viviendo sin ti.
O peor: descubrir que eras vestigial, costumbre heredada de antiguas versiones de mí.

No quiero conocer la verdad; quiero morir en tu boca, en tu cuerpo.
Quiero morirme de ti.
Mas cada excavación devuelve tu perfume.

Te encuentran en mis relatos, en mis versos, en mis silencios.
Pero yo te escondo en el ático, donde aún duermen tus cabellos y caen letras soleadas de sueños verdes, como recuerdos oxidados;
en el sótano, donde se arrastran las cadenas y supuran grapas en la piel.

Por las mañanas aparecen nuevas letras incrustadas en mi cuerpo. Las leo al pasear al perro, o como el periódico que el ático edita cada noche para que la misma noticia amanezca distinta. Despierto y me pregunto: ¿se habrán añadido comas o puntos suspensivos? A veces se suman paréntesis; pero algunos amaneceres, entre las grapas, encuentro un signo de exclamación.

La historia continúa.

Quizás te he mudado del ático al sótano.
Busco tu sintaxis incrustada en otras pieles.

La viga

 

La viga
grita mi nombre,
clavada en la nieve del monte.

Siento el estribo.

Fuego,
marca
la piel,
la silla.

Pertenezco
bajo sus muslos,
a merced de sus espuelas.

La viga nos llama,
el cuero,
la cuerda.

En la boca,
el freno.
Saliva
fresca.

Tira de mi crin.

Agito su cabello
galope ventricular
en el sangrante jardín.

A la viga, 

quedo atado.