lunes

Mírame y miénteme

 Di que te quedarás esta noche.

Que el peso de mi piel basta
para anclarte.

Que esta vez no te irás.
A las tres de la mañana
tu cuerpo seguirá aquí,
con la respiración entrecortada,
el cabello entre mis dedos,
las sábanas marcadas.

Di que no te llevarás
otro pedazo de mí.
Que mi alma —mal pintada,
cuarteada como un cuadro viejo expuesto—
no volverá a quedar a la intemperie.

Que no quedaré expuesto
cuando faltes.
Que no me desangraré de ti:
de tu risa,
de tu aliento,
de tus ojos.

Mírame y miénteme.
Como tantas veces.

Dime que este amor durará para siempre.
Que mi voz aún te toca.
Que mi piel aún es suficiente.
Que todavía te llena.

Dime una mentira
que me dure la eternidad,
o al menos
hasta perder la conciencia.

Sé que encenderé la luz
y solo estará tu ausencia.
Que buscaré tus ojos en otras pieles,
tu risa en otras bocas.

Pero no serán tuyas.
Ni serán mías.

Solo quedarán
los vidrios rotos,
la arena entre los dedos
después de escribir tu nombre.

Bebo para olvidar,
pero te veo con más claridad.

Te llevo en la sangre,

Te siento.
Te respiro.

Exhalo.
Y ya no estás.

Solo quedo yo
y no se que hacer conmigo.

Moneda de sangre

 Respiro metal líquido,

justo después
de la partida,
baja por la garganta,
al vientre,
moneda de sangre.

Me observa el semáforo,
la lámpara,
el poste.

La esquina me llama,
me arrastra
el sabor del cobre.

Pies descalzos.
Asfalto frío.

Calle húmeda,
iluminada,
aire fresco.

Paso.
Pasa.


El hueco

 Despertar y sentir el hueco,

desayunar con él,
croque-madame, pan reseco.

Llevarlo al trabajo,
vestirlo,
nombrarlo,
ponerle precio.

Entre las flores,
alimentarlo de almendras,
miel.

Me quema.

Llevarlo al parque,
conocer nuevos huecos.

Otros nombres,
otros ojos,
los de mi madre,
la voz de mi padre.

Me pesa,
cemento fresco.

Cuando las luces se apagan,
queda.
y me quedo.

La ciudad se ha inundado de ti

 

 La ciudad se ha inundado de ti,
de tus figuras geométricas.

El sol y las campanas
hacen sombras en los patios,
en las líneas de tus ojos,
en los vértices de tus labios.

La escuela cerrada cuida los ecos,
las pisadas ligeras, los gritos sordos,
pasan ajenos.

Te veo en los rostros pequeños,
en las canas difusas,
en los patios lluviosos,
gata vieja, sin garras,
buscas a tus pupilos.

Quedas.

Mi cuerpo aprendió tu idioma,
la curva de tu pelo.

Hubiera guardado tu risa,
tu dolor,
triángulo que sangra.

Pero las aulas vacías
muerden mi vista,
todo es eco, todo es sedimento.

La ciudad se ha inundado de ti,
y yo sigo aquí.

A veces ardo

 A veces ardo,

fuego mundano,
en las calles húmedas,
en el fondo, huérfano.

A veces muero
de correr
hacia la orilla,
a tu vientre de sal.

A veces ardemos,
fundidos,
desbocados.
A las tres y media,
y también a las cuatro.

A veces sueño
con ser zapato,
boca abajo en la esquina.

Pero soy fuego,
fuego mundano,
en el mismo fondo, huérfano.


Piedra de molino atada al cuello

  —Conozco el final del abismo— le dije.

Es el sonido del océano en mis manos,
el reflejo del sol distorsionado,
el reflejo del dolor contenido, durmiente.

La mirada trémula que no miente,
que cuenta la verdad oculta.
He sangrado tantos atardeceres
y temo tu plumaje: ave sangrante,
cuervo rumiante que duerme.

Miel amarga que sofoca,
desciende, céfalo–caudal,
asfixia.
—Conozco el abismo. El final— le dije.

Pero desconozco el sosiego, la paz,
el interior del ataúd, su peso
y el filo de su vértice,
la almohada suave,
la mano que no tiembla…

No puedo soltar la soga,
no puedo exhalar el miedo.
Temo ser
el que olvida,
el que sana,
el que mata,

el que siente.


Las cosas que no te dije

 Hay palabras

suspendidas
entre tu boca y la mía,
entre tu piel
y mis manos.

Confié en que un día
saldrían solas,
de la cueva,
del océano,
del abismo.

sacarlas a la fuerza.
Como caza fortuita.
Como pesca prohibida..

Carnada exacta.
Silencio
para oír la respiración,
los latidos.

Encima de la lista
habita el hombre más hombre
que he amado.

Tres verdades con filo
asoman desaliñadas,
ásperas,
de bordes fríos.

Verdad que suena
a martillo contra asfalto,
seca.

I.
Te amé siempre,
aun cuando odié tus entrañas.

II.
Cuando hablo
escucho tu voz—
siempre.

III.
Nunca necesité perdonarte,
no dejaste
de ser mi héroe.