—Conozco el final del abismo— le dije.
Es el sonido del océano en mis manos,
el reflejo del sol distorsionado,
el reflejo del dolor contenido, durmiente.
La mirada trémula que no miente,
que cuenta la verdad oculta.
He sangrado tantos atardeceres
y temo tu plumaje: ave sangrante,
cuervo rumiante que duerme.
Miel amarga que sofoca,
desciende, céfalo–caudal,
asfixia.
—Conozco el abismo. El final— le dije.
Pero desconozco el sosiego, la paz,
el interior del ataúd, su peso
y el filo de su vértice,
la almohada suave,
la mano que no tiembla…
No puedo soltar la soga,
no puedo exhalar el miedo.
Temo ser
el que olvida,
el que sana,
el que mata,
el que siente.
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