A la orilla del camino empedrado hay una casa de puerta azul y picaporte nuevo de cobre pulido. La luz del verano acaricia su fachada. A la ventana se asoma, una gata negra de pelaje corto, patas blancas y ojos verdes.
En el patio, una niña juega en el barro negro; a veces encuentra un viejo sapo de ojos grandes o una pequeña serpiente ratonera de lengua rosa.
La casa tiene algunas goteras en la esquina y en la entrada. Gotas de humedad se deslizan por las ventanas.
Por las mañanas, la puerta azul permanece entreabierta. Sobre la mesa se alcanza a ver a una joven que escribe cartas en sobres amarillos y verdes, pero el cartero no llega. Ella espera mientras la tarde se apaga en los sobres mojados.
La niña sigue afuera, con la mirada del sapo en sus pies fríos, azulados.
Yo recorro el camino y busco un pretexto para quedarme un segundo a observar; busco mi nombre entre los sobres mojados. Pero lo cierto es que no sé leer. Solo observo y sigo caminando.
Una mañana de cielo nublado, la casa azul había desaparecido. En su lugar permanecían las huellas en el lodo, el sapo de ojos grandes, la serpiente ratonera de lengua rosa, la gata negra y las cartas en sobres amarillos.
He aprendido a leer.
Abro una carta cada día.
La última decía:
“Hoy el joven se detuvo en la entrada.
Observó unos segundos y luego siguió caminando.
Dejé la puerta entreabierta.
Quizás mañana.”
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